Hace un mes atrás estuve en el colorido pueblo de Claxton. Estuve visitando la iglesia de los pastores Lázaro y Mayra Cisneros alrededor de cuatro días. Lázaro y Mayra se encontraban de vacaciones y yo estuve ayudándoles en las predicaciones. Doy gracias a Dios por el amor de los hermanos de Claxton y por la manera tan dulce en que me trataron. Varios días fueron a verme al lugar donde me estaba quedando y allí conocí bien de cerca a Fernando, Ángel, y a Enrique. En otra oportunidad les voy a hablar como me sentí cuando se me daño el celular y el GPS. Fue una experiencia traumática. Pero no quiero hablarles de eso hoy sino de Enrique.

 

Enrique es un joven mexicano que toca el bajo. Cuanto me gustaría a mí enviarles a Cleo para que le ensene sobre el bajo ya que está aprendiendo por su propia cuenta. Mientras Enrique tocaba el bajo en la iglesia me llamo la atención porque a pesar de no tener quien le ensenase a tocar el bajo el marcaba muy bien las notas y observándole note que sus manos estaban rojas y poco inflamadas.

Una noche me llevaron a comer; por cierto, no pude comer ya que mi estómago no se sentía muy bien. Le pregunté a Enrique porque sus manos estaban rojas y el me contestó que trabajaba en la pollera agarrando los pollos. Yo pensé que agarraba a los pollos muertos pasándolos de un lugar a otro. Le dije que no era un trabajo fuerte como para tener las manos así de rojas a lo que él me contestó “Es un trabajo muy fuerte”. Me mostró un video que tenía en el celular. Enrique capturaba los pollos vivos y a veces tomaba 2 a 3 pollos en sus manos. Los pollos lo picaban con el pico y le daban con las patas. Así que comprendí porque sus manos estaban rojas; había sido día tras día en el duro trabajo de recoger los pollos. Como muchos hispanos en este país, Enrique hace el trabajo que muchos no desean hacer. Pero sin el trabajo de Enrique no hubiera pollos en nuestra mesa.

Viendo las manos golpeadas de Enrique pensé en las manos de Jesús. Manos que se extendieron en el madero de la cruz para dar salvación al mundo entero. Fueron las mismas manos de Jesús las que tocaron al leproso (Marcos 1:40), a la mujer del flujo de sangre (Marcos 5:25), al ciego Bartimeo (Marcos 10:46-47) y a la suegra de Pedro (Marcos 1:30). Fueron las manos de Jesús las que deseaban como la gallina recoger a los polluelos (los hijos de Jerusalén).

Fueron las manos de Jesús las que toco Tomas para que le dieran luz a su oscura incredulidad. Las manos de Jesús se extendieron en la cruz y cuya sangre nos limpia de todo pecado. Sin esas manos dulces de Jesús no estuviéramos nosotros aquí. Son ellas las que en la eternidad sostienen el universo, las que rescatan del hoyo tu vida, las que te coronan de favores y misericordia (Salmos 103:4). Las que levantan del polvo al pobre y al menesteroso sacan del muladar (Salmos 113:7). Las que te cuidan del lazo cazador y de la peste destructora (Salmos 91:3), que rompen las puertas de bronce y los cerrojos de hierro (Salmos 107:16). ¡Aun las manos de Jesús están rojas! La carta de los Hebreos dice que sus manos son un eterno sacrificio y su sangre aun nos limpia de todo pecado. ¡Dulces manos de Jesús!

Amada iglesia, nos golpeamos esas manos con nuestra desobediencia. Valoremos lo sangre que ellas han vertido. Así nos ayude Dios.

Les ama su pastor,

Pedro F. Díaz

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